Fundación Sergio Castillo ::

Exposición: El Metal, mi maestro y amigo

SERGIO CASTILLO, pertenece a esos pocos privilegiados que nacen con el don de la creatividad.

En su camino se le cruzó ese maravilloso metal llamado fierro. Fue un amor a primera vista, pero a pesar que a veces lo engañó con otros metales, siempre volvió a su primer y gran amor. Con él hizo su primera escultura en 1957 y la última, el día que murió el 19 de agosto de 2010.

Como escultor rebelde quiso dominarlo, pero el fierro no lo permitió, ya que él tiene sus leyes y hay que respetarlas. El artista cedió y aceptó que el metal fuera su maestro y amigo, él guio su mano y corazón, le enseñó a bailar con esa música maravillosa del martillo, la soldadura y la pulidora. 

El fierro fue muy generoso con el artista, le enseñó a hacer animales, a desahogar sus penas por la injusticia o contarnos sus fantasías eróticas, pero sobre todo a desarrollar ese don de la monumentalidad en sus obras abstractas.

SILVIA WESTERMANN

Obra Abstracta

El mundo del arte nos ofrece cada tanto la posibilidad de asistir a ese milagro de ver surgir de la nada algo que será capaz de perdurar.

Stefan Zweig, El misterio de la creación, 1940.

Obra Erótica

El hierro forjado, golpeado, acariciado hasta conseguir la curvatura precisa, la sensación de flor – sexo gracias a los pétalos soldados.

José Hierro, Poeta y Crítico Español, 1975

Obra Política y Religiosa

Su Cristo en la Cruz tiene una belleza desolada que llega al alma

Tito Mundt, Periodista, 1964

Obra de Animales

Siempre quise hacer un toro grande. Para esas fechas me enfermé y tuve que usar oxígeno. Fue un gran desafío, ese Toro está enojado, soy yo, enojado por mi enfermedad, pero también es luchador, como yo que hasta ahora estoy luchando y sigo en mi taller trabajando. No me costó hacerlo, cuando un artista tiene algo que decir y usa su material más querido, todo es fácil.

Sergio Castillo, 2008

Obra en Espacio Público

La Monumentalidad es un Concepto y no un Tamaño

Ana Helfant, 1972

El Taller

Castillo muestra las manos encallecidas y castigadas por la dureza de su trabajo. Y piensa, sin duda, en el poeta que hace un soneto y en su propia tarea vulcánica, de domador de metales, de herrero. Su taller no es la biblioteca del poeta; su taller es una fragua.

Antonio Romera, Crítico de Arte, 1964